Cada vez que un ciudadano en Bogotá se sienta a la mesa, participa, quizás sin saberlo, en el acto final de una coreografía logística monumental que no se detiene nunca. Detrás de un plato de comida existe una cadena de suministro que comienza en el surco de una finca, donde un campesino siembra, riega y cosecha bajo los ciclos de la naturaleza. Sin embargo, ese origen es solo el primer paso de un largo y, a menudo, ineficiente camino. Los alimentos circulan por carreteras serpenteantes, atraviesan centros de acopio, se negocian en centrales mayoristas, pasan por plazas de mercado o tiendas de barrio y, finalmente, llegan al hogar.
En este trayecto no solo viajan nutrientes, también se consumen masivamente agua, energía, tiempo y dinero. Por ello, en el marco del Día de la Tierra, la reflexión debe ir más allá de la preservación de bosques y ríos. Hoy, la sostenibilidad ambiental está intrínsecamente ligada a la forma en que producimos, transportamos, comercializamos y consumimos lo que comemos. La logística, esa "ruta invisible", es en realidad el corazón de nuestra seguridad alimentaria y el factor que determina si la tierra que nos nutre está siendo protegida o desgastada
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